Historia mínima de las mokas italianas.

Contaré la historia de una famosa persona, o no.

Si usted vive en México pero ha sido poseedor de una bonita cafetera italiana, sabe bien la facilidad con la que uno puede quemarles el asa una mañana cualquiera. Y si lo sabe, seguro ha vivido también la amarga y compleja experiencia de encontrar en dónde arreglarlas. 

Basta un descuido, unos minutos de distracción, una hornilla demasiado prendida, para que justo esa parte de tan preciado objeto se achicharre para siempre. También puede pasar la tragedia de que un buen día, sin previo aviso, se rompa. Cual sea la situación, encontrar quien arregle tales desperfectos no es una misión sencilla.

En esta casa nos preciamos (hablo en plural porque me refiero a mí y a mis demonios) de contar con dos ejemplares de dichos aparatos. Una fue adquirida en Italia y la otra en Amazon. A ambas les quemé el asa dos mañanas cualquieras pero me negué a deshacerme de ellas. La primera tenía un valor sentimental por haberla traído de una viaje (incluso en este blog, hay otro post dedicado a ella) y la otra es roja, bonita, única y especial, según yo. Dicho todo lo anterior para evitar aceptar el hecho de que "soltar" no es precisamente mi verbo favorito.

Así que ahí se quedaron, bien puestecitas en una caja, esperando el milagro de que algún día se arreglaran.

Mi última historia, ex algo, estado de ánimo o como prefieran llamarle, había cometido el mismo error que yo con su bonita moka, pero un alma noble y creativa había resuelto arreglar la suya cambiando el asa original por la parte plástica de un desarmador. Y resulta que no sólo lucen mejor, sino que el agarre y la duración sobrepasan por mucho los de la pieza original. 

De mis dos cafeteras mencionadas, una es para tres tazas y la otra para el doble. Así que un día, entre los pocos favores que solicité en esa historia, estuvo el de pedirle al individuo que convenciera al alma noble de arreglar mis dos pertenencias como había arreglado la suya. De paso y en un acto desmedido e injustificable de romanticismo, le sugerí que dejara en su casa la de seis tazas para poder hacernos dos cafés al mismo tiempo en lugar de, como se había hecho en los últimos meses (quizá años), calentar dos veces la suya. Cada quien su café, en una cafetera que no era "nuestra".

Para no hacer el drama más largo, iré al grano y contaré como un buen día, después de uno de los varios desacuerdos que tuvimos, se presentó en mi casa con ambas cafeteras: la de las tres tazas y a la que le había puesto mis expectativas románticas. Arregladas, sí, pero me devolvió las dos. Se sobrentendió el mensaje porque al buen entendedor...

De eso ya hace meses y desde entonces me he preparado ya no sé ni cuántos cafés, obviamente en la moka roja, la que llevaba MIS expectativas. Hace unos días la tomé del mango de desarmador y me di cuenta lo sólido que era. Entonces pensé que hay cosas que de sólo sostenerlas, sabes que van a resistirlo todo. Tengo la impresión de que esa cafetera va a durarme mucho tiempo; no así la historia de este post, que de lo menos que habla es de cafeteras.




Comentarios

  1. Qué bueno que volviste a escribir. Amo las historias de cafeteras italianas porque me recuerdan a mi mamá. Dicho esto, aclaro que yo no he podido usar una desde que uso estufa de inducción.

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    1. Muchas gracias por leer. Qué bonito que las cafeteras te conecten con el recuerdo de tu mamá. No había pensado en lo de las estufas de inducción. ¡Tan chulas que son ambas cosas!

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Chocolates!

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Verónica Gsm
Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.