De [no] reconocer los cues de salida

"El cue de salida es una marca, palabra o señal acústica/visual que indica el momento exacto en el que una pista de audio, una locución, un efecto de sonido o una pieza musical debe terminar, desvanecerse o cerrar".

Lo único que no me gusta de conducir en Estados Unidos es que, si por distracción o desconocimiento dejas pasar una salida en la autopista, puedes agregarle varios minutos a tu trayecto.

Hay una línea extremadamente delgada entre no tirar la toalla y no reconocer un cue de salida. Distinguir una cosa de la otra puede ser no sólo engañoso, sino crucial.

Sucede en el amor, en la amistad, en el trabajo. Sucede prácticamente en todo lo que implique tomar decisiones. Esa práctica, tan conocida y no siempre bien usada, que se inaugura en cuanto uno estrena el libre albedrío y termina en cuanto lo pierde.

El acto de honestidad que ocurre frente a esas dos puertas es distinto. Cuando uno duda genuinamente si dar por terminado algo, suele ser porque todavía alcanza a ver caminos posibles; porque aún percibe que algo sigue vivo, y que todavía corre sangre por ciertas venas. Hay razones —personalísimas y muchas veces inexplicables— para seguir apostando por aquello que uno considera valioso.

Ignorar el cue de salida, en cambio, es otra cosa. Es cruzar una línea definitiva. La línea plana de la asistolia. Un punto sin retorno, aunque regreses. 

Ignorar el cue de salida suele venir acompañado de miedo, pero también de ingredientes más subjetivos: la historia propia, el momento de vida, las personas involucradas, el costo de oportunidad.

Mientras el cuestionamiento previo a un cierre mantiene abiertas las posibilidades, la ceguera elegida frente a un cue evidente las clausura de golpe. El último apaga la luz, pero igual aprende a vivir en la oscuridad.

A cierta edad todos hemos estado frente a ambas puertas. Y si hiciéramos un análisis honesto, probablemente descubriríamos que, más de una vez y en más de una circunstancia, elegimos hacernos de la vista gorda. Las consecuencias son distintas, llegan en distintos plazos y dependen, como casi todo, del contexto.

De las consecuencias inmediatas se aprende, aunque rara vez se salga ileso. De las que llegan años después también se aprende, pero esas lecciones —igual que los pasos que nunca se dieron— permanecen sin ejecutar.

Quizá esa sea la mayor diferencia entre ambos caminos: el adormecimiento que sólo le sigue a uno de ellos.

Estamos hechos de inicios, pero también de finales; ejecutados o no. Estamos hechos, en buena medida, de todo aquello en lo que nos quedamos más por [inserte aquí su circunstancia personal], que por auténticas ganas.

Ojalá se nos agudicen los sentidos y aprendamos a reconocer, a tiempo, cuando algo ha terminado. No siempre es necesario irse por completo, pero tampoco hace falta quedarse a presenciar un final extendido como protagonista. Los personajes cambian, evolucionan, salen, entran. Todo escenario dinámico tiene un trazo escénico.

Es importante que el miedo exista, incluso que a veces llegue primero. Lo importante es no confundirlo con un motivo.

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Verónica Gsm
Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.